frontiertimes
Oct 30, 2026

LA CASA DE MAMÁ EN QUERÉTARO NOS HIZO HERMANAS, PERO LA HERENCIA NOS SEPARÓ PARA SIEMPRE… AHORA TENGO TODAS LAS LLAVES Y NADIE CON QUIEN COMPARTIR LAS GRANADAS DEL PATIO

LA CASA DE MAMÁ EN QUERÉTARO NOS HIZO HERMANAS, PERO LA HERENCIA NOS SEPARÓ PARA SIEMPRE… AHORA TENGO TODAS LAS LLAVES Y NADIE CON QUIEN COMPARTIR LAS GRANADAS DEL PATIO

Me llamo Lourdes Martín Hernández, tengo sesenta y cuatro años, y vivo en la colonia Del Valle, Ciudad de México, desde que me casé con Alfonso hace cuarenta y dos años. Pero nací en un rancho de menos de cien habitantes cerca de San Juan del Río, Querétaro, uno de esos lugares donde en enero el aire huele a tierra mojada y en mayo el sol raja el suelo. Allí está la casa donde crecí: paredes de adobe de casi dos siglos, techo de teja que cruje cuando llueve, un patio con un pozo seco desde hace décadas y un árbol de granadas en la entrada que plantó mi abuelo en mil novecientos cincuenta y tantos.

Somos tres hermanas. Carmen, la mayor, tiene sesenta y ocho años y lleva treinta viviendo en Monterrey, Nuevo León, con su esposo Jordi, que trabajaba en una gestoría antes de prejubilarse. Marisa, la pequeña, tiene cincuenta y siete y vive en Guadalajara desde que se casó con un tapatío que conoció en una feria; tienen dos hijos y cinco nietos. Yo siempre he estado en medio, no solo por edad sino por carácter: la que escuchaba a las dos, la que intentaba que no se pelearan, la que llevaba el postre cuando una traía el primer plato y la otra el segundo.

Mientras vivió mi madre, Encarnación, que murió en marzo de dos mil veinte a los noventa y un años, la casa era nuestra casa. Íbamos las tres cada verano con esposos, hijos, nietos, perros y bolsas del Soriana llenas de pants y chancletas. La estufa de leña encendida desde las ocho de la mañana, café de olla en tazones desportillados, chuletas de puerco asadas en el patio sobre una parrilla oxidada que mi padre soldó en los setenta, sobremesas que duraban hasta las seis de la tarde bajo la sombra del granado. Los niños dormían en colchones en el cuarto de atrás; las mujeres lavábamos los trastes en un lavadero de cemento con agua fría porque el boiler dejó de funcionar en dos mil doce y nadie lo arregló. Eran veranos ruidosos, calurosos, llenos de pleitos por tonterías y de risas que se escuchaban desde la calle.

Cuando murió mamá, la casa quedó a nombre de las tres en escritura pública registrada en el Registro Público de la Propiedad de Querétaro. Y desde entonces todo cambió. El primer verano después de su muerte fuimos todas, pero la casa ya no olía igual. Nadie sabía dónde guardaba mamá el salero de barro ni dónde estaba el mantel bueno. Su ropa seguía colgada en el ropero del cuarto principal: dos batas de cuadros, tres suéteres tejidos, un abrigo negro con forro de satín que olía a su perfume de violetas. Ninguna se atrevió a tocarla. El segundo verano Carmen avisó en junio que no iría porque Jordi tenía problemas de espalda y no podía hacer un viaje tan largo. El tercer verano Marisa tampoco apareció; me dijo por teléfono que sus nietos tenían campamento y ella tenía que quedarse para cuidar al perro.

Other posts