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Sep 13, 2026

MI MADRASTRA LLEGÓ A MI GRADUACIÓN USANDO UNA COPIA EXACTA DEL ÚLTIMO VESTIDO QUE MI MADRE COSIERA PARA MÍ ANTES DE MORIR. CREYÓ QUE HABÍA ARRUINADO LA NOCHE. LO QUE NO SABÍA ERA QUE, MINUTOS DESPUÉS, UNA PANTALLA GIGANTE MOSTRARÍA FRENTE A CASI DOSCIENTAS PERSONAS CÓMO HABÍA CONSEGUIDO EL DISEÑO.

MI MADRASTRA LLEGÓ A MI GRADUACIÓN USANDO UNA COPIA EXACTA DEL ÚLTIMO VESTIDO QUE MI MADRE COSIERA PARA MÍ ANTES DE MORIR. CREYÓ QUE HABÍA ARRUINADO LA NOCHE. LO QUE NO SABÍA ERA QUE, MINUTOS DESPUÉS, UNA PANTALLA GIGANTE MOSTRARÍA FRENTE A CASI DOSCIENTAS PERSONAS CÓMO HABÍA CONSEGUIDO EL DISEÑO.

Cuando vi entrar a Verónica, sentí que el aire desaparecía del salón.

No llevaba simplemente un vestido azul.

Llevaba mi vestido.

O, mejor dicho, una copia tan exacta que durante un instante pensé que alguien había sacado el original de mi habitación.

El mismo azul claro.

El mismo escote discreto.

La misma falda larga.

Incluso había mandado reproducir las pequeñas flores bordadas a mano cerca de la cintura.

Flores que mi madre había diseñado.

Flores que había cosido cuando ya estaba demasiado débil para sostener la aguja durante más de unos minutos.

Verónica caminó hacia mí sonriendo.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Lo que no sabía era que, detrás de ella, mi amigo Daniel acababa de hablar con el encargado del sonido.

Y que una carpeta de fotografías que llevaba años guardada estaba a punto de aparecer en la pantalla principal.

EL ÚLTIMO REGALO DE MAMÁ

Me llamo Camila.

Tenía dieciocho años aquella noche.

Mi madre, Laura, había muerto tres años antes.

Yo tenía quince cuando recibimos el diagnóstico.

Cáncer avanzado.

Los médicos hablaron de tratamientos.

De posibilidades.

De tiempo.

Mi madre escuchó todo.

Después, cuando estuvimos solas, me tomó las manos.

—Cami, necesito que hablemos de algo.

—No.

—Todavía no dije nada.

—Sé qué vas a decir.

—Entonces déjame decirlo.

Empecé a llorar.

—No quiero.

Ella también lloró.

Pero no apartó la mirada.

—Quizá no pueda estar físicamente en algunos días importantes.

—Sí vas a estar.

—Ojalá.

Me acarició el cabello.

—Pero si no, quiero dejarte pequeñas cosas que puedan acompañarte.

Una de esas cosas fue el vestido para mi graduación.

Faltaban años.

Yo ni siquiera sabía qué universidad quería.

Pero mamá comenzó a diseñarlo.

Eligió una tela azul cielo.

—Tus ojos cambian con este color.

—Eso no pasa.

—Déjame tener mi fantasía de madre.

Se rio.

Luego empezó a coser.

PUNTADA POR PUNTADA

El tratamiento la debilitó rápido.

Había mañanas en que no podía levantarse.

Otras en que parecía recuperar un poco de energía.

En esos días se sentaba frente a su vieja máquina de coser.

Yo protestaba.

—Mamá, podemos comprar un vestido cuando llegue el momento.

—Claro.

—Entonces descansa.

—Vestidos comprados puede haber cien.

Me miró.

—Este quiero hacerlo yo.

Tardó semanas.

Después meses.

A veces avanzaba apenas unos centímetros.

Una noche sus manos comenzaron a temblar mientras bordaba las flores pequeñas de la cintura.

Le quité la aguja.

—Ya.

—Camila.

—Ya estuvo.

—Todavía falta.

—Mañana.

Me miró como si estuviera considerando discutir.

Después sonrió.

—Te pareces demasiado a mí.

—Qué mala suerte.

—Terrible.

La última vez que me probé el vestido frente a ella, quedó en silencio.

Yo giré frente al espejo.

—¿Qué?

Mamá acomodó una parte de la falda.

—Nada.

—Estás llorando.

—Estoy imaginando cómo vas a verte cuando seas grande.

—Ya estoy grande.

—Tienes quince.

—Exacto.

Se rio.

Luego apoyó la frente contra la mía.

—Cuando lo uses, no pienses que estoy ausente.

—Piensa que tardé mucho en llegar.

Ocho días después murió.

EL VESTIDO SE QUEDÓ GUARDADO

Durante casi un año no pude abrir la funda.

Estaba colgada al fondo de mi clóset.

A veces entraba a mi habitación y simplemente comprobaba que siguiera ahí.

No quería usarlo antes de tiempo.

No quería ensuciarlo.

No quería que le pasara nada.

Era absurdo.

Pero aquel vestido no era ropa.

Era una conversación que mi madre había dejado sin terminar.

Seis meses después del funeral, mi padre comenzó a salir con Verónica.

Yo ya la conocía.

Había sido amiga de mamá.

No su mejor amiga.

Pero sí suficientemente cercana como para aparecer en cumpleaños y comidas.

Cuando papá anunció que iban a casarse, sentí algo difícil de explicar.

No era únicamente enojo.

Era velocidad.

Todo parecía estar ocurriendo demasiado rápido.

Pero él estaba destrozado desde la muerte de mamá.

Y Verónica parecía devolverle cierta normalidad.

Así que no peleé.

Me limité a decir:

—Si tú estás bien…

Mi padre respondió:

—Quiero volver a estarlo.

Acepté.

LAS FOTOGRAFÍAS EMPEZARON A DESAPARECER

Al principio Verónica fue extremadamente amable conmigo.

Demasiado.

Nunca levantaba la voz.

Siempre preguntaba si necesitaba algo.

Después empezaron los cambios pequeños.

Una fotografía de mamá desapareció del librero.

—La llevé al estudio para reorganizar.

Nunca regresó.

Después otra.

Una caja con ropa de mamá fue donada sin preguntarme.

—Pensé que ya nadie la quería.

Su perfume desapareció del baño.

Una taza que yo conservaba porque todavía tenía una pequeña mancha de lápiz labial se rompió “accidentalmente”.

Cada objeto era poca cosa.

Pero juntos formaban un patrón.

Un día le dije a papá:

—Está borrando a mamá.

Él suspiró.

—Camila, creo que eso es injusto.

—¿Por qué?

—Verónica también está intentando encontrar su lugar aquí.

—Puede tener un lugar sin quitar el de mamá.

Él guardó silencio.

Pensé que entendería.

No ocurrió.

A VERÓNICA NO LE GUSTABA QUE DIJERAN QUE YO ME PARECÍA A MAMÁ

Tenía los mismos ojos.

El mismo cabello oscuro.

La misma forma de mover la boca cuando algo me molestaba.

Yo nunca había pensado demasiado en eso.

Verónica sí.

Una tarde vino una antigua amiga de mamá.

Me miró y dijo:

—Dios, Camila. Cada año te pareces más a Laura.

Yo sonreí.

Verónica no.

Su mandíbula se tensó.

Lo vi.

Después comenzó a hablar de otra cosa.

A partir de entonces noté que cada vez que alguien mencionaba a mamá frente a mí, Verónica se ponía incómoda.

Como si mi parecido fuera otra fotografía que no podía quitar de la pared.

TRES MESES ANTES DE MI GRADUACIÓN

Verónica empezó a interesarse en mi habitación.

—Deberíamos ordenar tu clóset.

—Ya está ordenado.

—Tienes demasiadas cosas.

—Sé dónde está todo.

Una tarde dijo:

—Voy a limpiar arriba. ¿Por qué no sales con tus amigas?

—Puedo ayudarte.

—No hace falta.

—En serio.

—Camila.

Su tono cambió apenas.

—Voy a usar productos fuertes. Es mejor que no estés.

Me pareció extraño.

Pero no discutí.

Regresé tres horas después.

Mi habitación olía exageradamente a limpiador.

La funda del vestido parecía estar exactamente donde siempre.

No pensé más.

Hasta la noche de la graduación.

CUANDO ME LO PUSE

Abrí la funda.

Saqué el vestido.

La tela todavía conservaba pequeñas marcas interiores hechas por mamá con lápiz de modista.

Nunca quise borrarlas.

Me vestí lentamente.

Cuando me miré al espejo, lloré.

No de tristeza exactamente.

Era algo más.

Por primera vez entendí por qué mamá había insistido tanto en terminarlo.

Pasé los dedos por los pequeños bordados.

—Llegaste —susurré.

Daniel tocó el timbre poco después.

Era mi amigo desde segundo de preparatoria.

No éramos pareja.

Aunque medio salón estaba convencido de lo contrario.

Cuando me vio, dejó de hablar.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Está horrible?

—Camila, por favor.

Sonrió.

—Te ves increíble.

—Mi mamá lo hizo.

Daniel conocía la historia.

—Lo sé.

Pausa.

—Y creo que también te ves como ella.

Aquello me hizo llorar otra vez.

—Perfecto. Ahora arruinaste el maquillaje.

LA PRIMERA HORA FUE PERFECTA

Bailamos.

Nos tomamos fotos.

Mis amigas preguntaban por el vestido.

Yo respondía con orgullo:

—Lo hizo mi mamá.

Por primera vez durante años, hablar de ella no se sintió únicamente triste.

La sentía presente.

Después abrieron las puertas para que entraran algunos padres invitados a la última parte del evento.

Hubo murmullos.

Pensé que era porque alguien importante había llegado.

Volteé.

Y vi a Verónica.

Mi estómago se hundió.

EL SEGUNDO VESTIDO AZUL

Era idéntico.

No parecido.

Idéntico.

Incluso el bordado.

Incluso la disposición de las flores.

Daniel miró primero mi vestido.

Después el suyo.

—¿Qué demonios?

Verónica caminó hacia nosotros.

Estaba disfrutando las miradas.

—Qué coincidencia —dijo.

Yo apenas podía hablar.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Lo mandé hacer.

—¿Con qué diseño?

Se encogió de hombros.

—El azul no te pertenece.

—No hablo del color.

Señalé la cintura.

—Esas flores las dibujó mi mamá.

Verónica sonrió.

—Quizá no eran tan originales.

Sentí un calor horrible en la cara.

—Entraste a mi cuarto.

Su expresión apenas cambió.

—No seas ridícula.

—Le tomaste fotos.

Se acercó.

Su voz bajó.

—Camila, ya es tiempo de dejar de convertir cada cosa en un altar para una mujer que lleva años muerta.

Aquello fue peor que el vestido.

Miré a mi padre.

Estaba a pocos metros.

Había escuchado.

—Papá.

Él miró a Verónica.

Después a mí.

Esperé.

Solo necesitaba una frase.

“Esto estuvo mal.”

“Vete.”

“Basta.”

Lo que fuera.

Mi padre bajó la mirada.

—Hija, por favor, no hagamos una escena aquí.

Entonces comprendí que estaba sola en esa parte.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

Me giré.

—Me voy.

Daniel tomó mi brazo.

—Espera.

—No quiero estar aquí.

—Lo sé.

—Entonces déjame.

—Dame cinco minutos.

Lo miré.

—¿Para qué?

Su expresión cambió.

—Porque hay algo que tú no sabes.

DANIEL YA HABÍA VISTO LAS FOTOGRAFÍAS

Después supe toda la historia.

Meses antes, Daniel había ido a mi casa a dejarme unos apuntes.

Yo no estaba.

Mi padre tampoco.

Verónica había abierto la puerta.

Mientras esperaba en la entrada, escuchó que alguien subía.

Vio a Verónica entrar a mi cuarto.

No le dio importancia.

Hasta que pasó junto a la puerta y la vio sosteniendo mi vestido.

Sacaba fotografías.

De frente.

De espalda.

De los bordados.

Daniel tomó dos fotos desde el pasillo.

No para espiarla.

Porque le pareció extraño.

Después me las quiso enseñar.

No encontró el momento.

Cuando vio la copia en la graduación, entendió por qué las tenía.

Pero aún había algo más.

“SU VESTIDO ESTÁ PRECIOSO”

Daniel caminó hacia Verónica.

Yo pensé que iba a discutir.

En lugar de eso sonrió.

—Señora Verónica.

Ella volteó.

—¿Sí?

—Su vestido está increíble.

Su cara se iluminó.

—Muchas gracias.

—Estamos haciendo un pequeño reconocimiento a algunas familias. ¿Puede acompañarme al escenario?

Si Verónica hubiera pensado dos segundos, quizá habría sospechado.

Pero había venido buscando atención.

Y acababa de ofrecérsele un escenario.

—Claro.

Subió.

Daniel habló rápidamente con el encargado audiovisual.

Las luces bajaron.

Yo seguía cerca de la salida.

Entonces se encendió la pantalla.

MAMÁ APARECIÓ DETRÁS DE ELLA

La primera fotografía era antigua.

Mi madre frente a la máquina de coser.

Muy delgada.

Con un pañuelo en la cabeza.

Sostenía la tela azul entre las manos.

Sentí que las piernas me fallaban.

El salón se quedó en silencio.

Después apareció otra fotografía.

Mamá bordando.

Luego otra donde yo llevaba el vestido a medio terminar.

La fecha estaba visible.

Tres años antes.

Verónica volteó hacia la pantalla.

Su sonrisa desapareció.

Entonces cambió la imagen.

Apareció ella.

Dentro de mi habitación.

Sosteniendo el vestido terminado.

Con el teléfono levantado.

Después otra.

Fotografiando los bordados.

Los murmullos comenzaron.

—¿Qué es eso?

—¿Entró al cuarto?

—Dios mío.

Verónica giró hacia Daniel.

—¿De dónde sacaste esas fotografías?

—Yo las tomé.

—¿Me estabas espiando?

—No.

Daniel mantuvo la voz tranquila.

—Fui a dejarle unos apuntes a Camila.

—Usted dejó la puerta abierta.

Verónica bajó del escenario.

—Esto es absurdo.

Se volvió hacia todos.

—Yo quise homenajear a Laura.

Una mujer cerca de la mesa dijo:

—¿Entonces por qué no se lo dijo a la hija?

Otra preguntó:

—¿Por qué copiar hasta los bordados?

Verónica me vio.

—Tú planeaste esto.

Negué.

Por primera vez aquella noche mi voz salió firme.

—No.

La miré de arriba abajo.

—Tú planeaste el vestido.

LA CAJA

Daniel regresó a mi lado con una pequeña caja de madera.

—Todavía falta algo.

—¿Qué es?

—Esto no es mío.

Me la entregó.

En la tapa había una pequeña etiqueta.

Mi nombre.

Con letra de mamá.

Casi la dejo caer.

—¿De dónde salió?

—Mi mamá la tenía.

La madre de Daniel había sido enfermera en el hospital donde trataron a la mía.

Yo sabía que se conocían.

No sabía cuánto.

Daniel explicó:

—Tu mamá se la dio pocas semanas antes de morir.

—Le pidió que no te la entregara todavía.

—Dijo que algún día iba a saber cuándo.

Abrí.

Dentro había una carta.

“PUEDEN COPIAR LAS COSAS”

Reconocí la letra inmediatamente.

“Mi Cami:

Si estás leyendo esto, entonces llegó otro día importante al que yo quería acompañarte.

No sé cuál.

Quizá tu graduación.

Quizá una boda.

Quizá un día completamente distinto que yo no pude imaginar.

Quiero decirte algo antes de que el mundo empiece a enseñarte lo contrario.

Vas a perder cosas.

Fotografías.

Casas.

Personas.

Objetos que creías eternos.

Incluso este vestido un día puede romperse.

Y quizá alguna persona intente ocupar espacios pensando que para hacerlo necesita borrar lo que estuvo antes.

Déjala intentarlo.

Las cosas pueden copiarse.

El color puede copiarse.

La forma puede copiarse.

Hasta mis puntadas podrían copiarse si alguien tiene suficiente paciencia.

Pero nadie puede copiar por qué las hice.

Cada una existe porque sabía que quizá no estaría contigo cuando usaras este vestido.

Así que cuando lo lleves, no lo uses para demostrar que me recuerdas.

Úsalo porque estás viva.

Baila.

Ríete.

Suda.

Arrúgalo.

Mancha el borde.

Haz que valga la pena haberlo terminado.

No conviertas mi memoria en una jaula bonita.

Quiero ser una parte de tu vida.

No la razón por la que dejes de vivirla.

Te amo más de lo que cabe en cualquier vestido.

Mamá.”

No pude continuar.

Apreté la carta contra el pecho.

Lloré.

No me importó que todos miraran.

DE REPENTE LA COPIA DEJÓ DE IMPORTARME

Observé a Verónica.

Luego su vestido.

Después el mío.

Seguían siendo casi idénticos.

Pero ahora aquello me parecía ridículo.

Porque mamá tenía razón.

Verónica había copiado un objeto.

Nada más.

No podía copiar las noches en que yo le sostenía la tela porque las manos de mamá temblaban.

No podía copiar su risa.

No podía copiar la marca de lápiz escondida debajo de la falda.

No podía copiar ocho días.

No podía copiar una despedida.

Daniel preguntó:

—¿Quieres irte?

Miré la puerta.

Después la pista de baile.

Pensé en una frase de la carta.

“Baila.”

Negué.

—No.

—¿Segura?

Sonreí mientras me limpiaba las lágrimas.

—Mi mamá se tardó meses haciendo esto.

Agarré la falda.

—No pienso desperdiciarlo saliéndome temprano.

Daniel sonrió.

—Entonces vamos.

MI PADRE FINALMENTE HABLÓ

Antes de que llegáramos a la pista, papá me detuvo.

—Camila.

No quería escucharlo.

Pero me quedé.

Tenía los ojos rojos.

—Lo siento.

—¿Por qué exactamente?

La pregunta lo sorprendió.

—Por no detenerla.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

Negué.

—No empezó esta noche.

Él bajó la mirada.

—Lo sé.

—Viste desaparecer las fotos.

—Sí.

—Viste que regalaba cosas de mamá.

—Sí.

—Te dije que estaba intentando borrarla.

—Lo sé.

—Y elegiste pensar que yo estaba exagerando porque era más fácil.

Mi padre no se defendió.

Eso fue nuevo.

—Sí.

Esperé.

—Tenía miedo de perder otra relación —dijo.

—Así que dejaste que yo perdiera cosas.

Cerró los ojos.

—Sí.

No lo perdoné en ese momento.

Pero aquella fue la primera conversación sincera que tuvimos desde la muerte de mamá.

VERÓNICA SE FUE

No hubo una gran expulsión pública.

No la sacaron del salón entre aplausos.

Se fue sola.

Mi padre regresó a casa con ella.

Yo dormí en casa de Daniel y su mamá aquella noche.

Dos semanas después, papá me dijo que Verónica se había mudado.

Su matrimonio duró algunos meses más legalmente.

Emocionalmente terminó aquella noche.

No porque copiara un vestido.

El vestido solo hizo imposible seguir ignorando una dinámica que llevaba años creciendo.

Papá empezó terapia.

Yo también.

Descubrimos que ambos habíamos manejado el duelo de maneras opuestas.

Yo intentaba conservar todo.

Él intentaba avanzar demasiado rápido.

Verónica había aprovechado el espacio entre esas dos cosas.

Pero eso tampoco justificaba lo que hizo.

Comprender no significa absolver.

LA VERDAD SOBRE LAS COSAS DE MAMÁ

Meses después recuperamos parte de lo que Verónica había retirado.

No todo.

Algunas cosas habían sido donadas y era imposible rastrearlas.

La primera reacción de mi padre fue intentar reemplazarlas.

—Puedo encontrar otra taza igual.

—No quiero otra.

—El perfume todavía existe.

—No quiero uno nuevo.

Se quedó quieto.

Entonces comprendió.

No necesitaba copias.

Había pasado demasiado tiempo permitiendo precisamente esa idea.

Que si una cosa desaparecía, otra podía ocupar su lugar.

Así no funciona el duelo.

Algunas cosas no se sustituyen.

Se acepta que se perdieron.

DANIEL Y YO

Daniel siguió siendo mi amigo.

Durante otro año.

Después algo cambió.

No hubo confesión enorme.

Un día estábamos tomando café.

Me tomó la mano.

Y ninguno de los dos la quitó.

Eso fue todo.

Mi padre lo encontró divertidísimo.

—Yo sabía.

—No sabías nada.

—Los padres sabemos.

—Tú no viste un vestido copiado durante tres meses.

Dejó de presumir.

Daniel y yo seguimos juntos varios años.

Después nuestras vidas tomaron caminos diferentes.

Terminamos bien.

Eso también importa.

No todas las relaciones valiosas tienen que durar para siempre para haber sido reales.

Siempre será la persona que me impidió abandonar mi propia graduación.

Y su madre siempre será la mujer que guardó durante años una carta porque prometió esperar el momento correcto.

EL VESTIDO

Nunca volví a usarlo.

No porque fuera demasiado sagrado.

Eso habría contradicho a mamá.

Simplemente ya había cumplido su propósito.

Lo mandé limpiar.

Había una pequeña mancha cerca del borde.

Probablemente ponche.

Cuando la tintorería dijo que podía intentar quitarla completamente, respondí:

—Déjela.

Ahora el vestido está guardado en una caja especial.

Junto a la carta.

Pero no escondido.

A veces lo saco.

No para llorar.

Para recordar.

AÑOS DESPUÉS

Tengo veintisiete años ahora.

Trabajo como diseñadora textil.

Supongo que eso no sorprendería a mamá.

Aprendí a coser correctamente años después de su muerte.

La primera vez que logré terminar un vestido completo, mi padre lloró.

—Tienes sus manos.

Yo lo miré.

—No.

—¿Qué?

—Tengo las mías.

Sonrió.

—Eso también le habría gustado.

Nuestra relación tardó años en reconstruirse.

No volvió a casarse.

No porque yo se lo pidiera.

Simplemente aprendió a no correr para llenar espacios vacíos.

En casa volvieron algunas fotografías de mamá.

No todas.

No necesitábamos convertir la sala en un santuario.

Una foto está bien.

Ella riéndose en una playa.

Esa es mi favorita.

EPÍLOGO: LA DIFERENCIA ENTRE DOS VESTIDOS

A veces, cuando cuento la historia, la gente se concentra en la pantalla.

En la fotografía de Verónica dentro de mi habitación.

En el momento en que todos descubrieron la copia.

Entiendo por qué.

Es la parte dramática.

Pero no es la parte que más recuerdo.

Lo que recuerdo es estar a punto de irme.

Tener la mano en la puerta.

Sentir que Verónica había logrado convertir el último regalo de mi madre en algo vergonzoso.

Y después leer:

“Baila.”

Eso cambió todo.

Mi madre había pasado sus últimas fuerzas fabricando algo para acompañarme.

Yo estaba a punto de utilizarlo como una razón para escapar.

Así que regresé.

Bailé.

Reí.

El borde se ensució.

El vestido se arrugó.

En algún momento alguien derramó una bebida cerca de mí.

Y por primera vez no me importó.

Porque entendí que proteger algo no siempre significa mantenerlo intacto.

A veces significa utilizarlo exactamente para aquello para lo que fue creado.

Verónica mandó hacer una copia extraordinariamente buena.

El mismo azul.

El mismo corte.

Los mismos bordados.

Si hubiéramos dejado ambos vestidos colgados juntos, quizá una persona extraña habría tardado en saber cuál era cuál.

Pero yo nunca tuve ese problema.

Porque solo uno contenía las pequeñas imperfecciones de unas manos cansadas.

Solo uno había sido cosido en sesiones de diez minutos entre tratamientos.

Solo uno llevaba escondidas, debajo de la falda, las marcas de lápiz de mi madre.

Y solo uno había sido hecho por una mujer que sabía que probablemente no estaría viva para verlo terminado sobre mí.

Verónica copió el vestido.

Nunca pudo copiar la historia.

Y años después entendí algo todavía más importante.

Tampoco tenía que competir con ella.

Mi madre no necesitaba ganar ningún lugar.

Ya lo tenía.

No en la sala.

No en una fotografía.

Ni siquiera en aquel vestido.

Lo tenía dentro de mí.

Por eso, cuando pienso en mi graduación, no recuerdo a dos mujeres vestidas de azul.

Recuerdo a una adolescente en medio de una pista.

Con lágrimas todavía en la cara.

Una carta guardada cerca del corazón.

Y un vestido confeccionado por una madre que, incluso después de morir, todavía sabía exactamente qué decirle:

No te vayas.

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Baila.

FIN

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