A MI ABUELO EMPEZARON A HABLARLE DESDE EL POZO… Y DESDE AQUEL DÍA EN MI FAMILIA NADIE VOLVIÓ A SACAR AGUA ANTES DE QUE AMANECIERA.

A MI ABUELO EMPEZARON A HABLARLE DESDE EL POZO… Y DESDE AQUEL DÍA EN MI FAMILIA NADIE VOLVIÓ A SACAR AGUA ANTES DE QUE AMANECIERA.
En la casa de mis abuelos siempre hubo un pozo en medio del patio.
No era muy grande, pero nunca se secaba.
De ahí salía el agua para cocinar, lavar la ropa, regar las plantas y dar de beber a los animales.
Mi abuelo decía que esa agua tenía un sabor distinto.
Más fresca.
Más limpia.
Y que ninguna llave podía compararse con ella.
Se llamaba don Evaristo.
Era un hombre trabajador, de esos que se levantaban antes que el sol.
Aunque ya pasaba de los setenta años, seguía insistiendo en hacer las cosas por su cuenta.
Todas las mañanas, antes de las seis, salía con dos cubetas de aluminio.
Mi abuela siempre le decía:
—Déjanos hacerlo a nosotros.
Pero él nunca aceptaba.
—Mientras todavía pueda caminar, el agua la saco yo.
Era tan terco que nadie lograba convencerlo.
Aquella mañana empezó igual que todas.
Todavía estaba oscuro cuando salió al patio.
Mi abuela alcanzó a gritarle desde la cocina:
—¡Primero tómate un cafecito!
Él solo levantó la mano sin voltear.
Como diciendo que volvería enseguida.
Pasaron unos veinte minutos.
Regresó con las dos cubetas llenas.
Pero apenas cruzó la puerta, todos notamos algo extraño.
No saludó.
No hizo ningún comentario.
No preguntó qué habría de desayunar.
Simplemente dejó las cubetas junto a la cocina y se sentó frente a la mesa.
En silencio.
Mi abuelo era el hombre más platicador que conocíamos.
Siempre tenía una historia del rancho, un chiste o algún consejo.
Verlo callado era algo completamente fuera de lo normal.
Mi abuela se acercó.
—¿Te sientes bien?
Él levantó la cabeza lentamente.
Y respondió con una voz ronca que ninguno de nosotros le había escuchado jamás.
—Déjame tantito...
Pensamos que estaba resfriándose.
O que el aire frío de la madrugada le había lastimado la garganta.
Nadie imaginó lo que vendría después.
Ese mismo día empezó a comportarse de una manera muy extraña.
Mientras los demás trabajábamos, él se quedaba sentado mirando fijamente hacia el patio.
No hablaba.
Solo observaba el pozo.
A veces pasaban quince o veinte minutos sin moverse.
Mi abuela tenía que llamarlo varias veces para que reaccionara.
Por las noches ocurrió algo todavía más raro.
Se levantaba de la cama sin hacer ruido.
Abría la puerta.
Y caminaba descalzo hasta el patio.
Mi tío pensó que quizá estaba empezando a sufrir sonambulismo.
Una madrugada decidió seguirlo sin que él se diera cuenta.
Lo encontró parado frente al pozo.
Completamente inmóvil.
Con la cabeza ligeramente inclinada.
Como si estuviera escuchando atentamente a alguien que hablaba desde el fondo.
Mi tío sintió un escalofrío.
Se acercó despacio.
—¿Papá?
Mi abuelo no respondió.
Volvió a llamarlo.
—¿Qué haces aquí?
Entonces, sin dejar de mirar el agua, contestó con una tranquilidad que hasta hoy seguimos recordando.
—Me están hablando.
Mi tío sintió que la piel se le erizaba.
Lo tomó del brazo.
—¿Quién?
Mi abuelo respondió casi en un susurro.
—No alcanzo a entender... pero me llaman por mi nombre.
Esa misma noche lo metieron de nuevo a la casa.
Al día siguiente lo llevaron al centro de salud.
Después con un especialista en la ciudad.
Le hicieron análisis de sangre.
Estudios del corazón.
Revisaron su oído.
Su presión.
Su memoria.
Todo salió normal.
Físicamente estaba completamente sano.
Pero el comportamiento seguía igual.
Continuaba mirando el pozo durante largos ratos.
Y varias madrugadas intentó volver a salir.
Mi abuela ya no sabía qué hacer.
Entonces recordó a un hombre de un rancho cercano del que hablaban muchas personas mayores.
Decían que ayudaba cuando alguien sufría un espanto o traía encima algo que no podían explicar.
Mi abuela no era una mujer que creyera en cualquier cosa.
Pero estaba desesperada.
Mandó llamar al señor.
Llegó una tarde.
Era un hombre mayor.
Vestía de manera sencilla.
Traía una cruz de palma del Domingo de Ramos.
Un ramo de pirul.
Y una botella pequeña de agua bendita.
Antes de mirar siquiera a mi abuelo hizo algo que nos sorprendió.
Pidió un vaso con agua del pozo.
Mi tío fue por ella.
El hombre tomó el vaso.
Lo observó unos segundos.
Después acercó la nariz.
Lo olió profundamente.
Y lo dejó sobre la mesa sin probar una sola gota.
Nos miró con mucha seriedad.
—Hoy nadie va a tomar de esta agua.
En la cocina se hizo un silencio absoluto.
Nadie preguntó por qué.
Después pidió que mi abuelo se sentara frente a él.
Tomó el ramo de pirul.
Comenzó a pasarlo lentamente por todo su cuerpo mientras rezaba en voz baja.
La limpia duró varios minutos.
Mi abuelo permaneció con los ojos cerrados todo el tiempo.
Al terminar, el hombre volteó hacia mi tío.
—Necesito que saques varias cubetas de agua del pozo.
—¿Y luego?
—No las uses.
Tíralas fuera del terreno.
Mi tío obedeció.
Sacó cubeta tras cubeta.
Y fue vaciándolas lejos de la casa.
Cuando terminó, el señor tomó un puñado de sal gruesa.
La dejó caer lentamente dentro del pozo.
Después vertió un poco de agua bendita mientras seguía rezando.
Finalmente guardó todo.
Antes de irse dio una última indicación.
—Durante nueve noches prendan una veladora blanca en la cocina.
Recen un Padre Nuestro.
Y por ningún motivo dejen que don Evaristo vuelva a sacar agua antes de que amanezca.
Mi abuela prometió hacerlo exactamente así.
Aquella misma noche encendió la primera veladora.
Rezamos todos juntos.
Y por primera vez en muchos días mi abuelo durmió sin levantarse.
No salió al patio.
No habló dormido.
No volvió a acercarse al pozo.
Al día siguiente seguía un poco distraído.
Pero ya no miraba fijamente hacia el agua.
Conforme pasaron los días fue recuperando el ánimo.
Volvió a contar historias.
A bromear.
A reírse con los nietos.
Una semana después parecía el mismo hombre de siempre.
Nunca más dijo que alguien lo llamaba.
Nunca volvió a levantarse dormido.
Ni a quedarse inmóvil frente al pozo.
El pozo siguió dando agua durante muchos años.
Jamás volvió a pasar algo parecido.
Pero en la familia quedó una regla que nadie rompió.
El agua solo se sacaba cuando ya había amanecido.
Si todavía estaba oscuro, simplemente se esperaba.
Aunque hubiera prisa.
Aunque hiciera falta agua para cocinar.
Mi abuelo jamás volvió a discutir esa costumbre.
Al contrario.
Fue el primero en respetarla.
Cuando alguno de nosotros intentaba madrugar demasiado para sacar agua, él siempre decía lo mismo.
—Hay horas para trabajar...
Y hay horas en las que es mejor dejar las cosas en paz.
Con los años le pregunté muchas veces qué había escuchado aquella mañana.
Siempre respondía igual.
—No lo sé.
Era una voz.
No era de hombre ni de mujer.
Solo sentía que me llamaba por mi nombre.
Le preguntaba qué decía exactamente.
Él bajaba la mirada.
Pensaba unos segundos.
Y respondía:
—Por más que intento recordarlo... nunca puedo.
Mi abuela siempre creyó que aquella limpia fue lo que lo ayudó.
Mi papá decía que quizá había sido un problema de salud que nunca lograron descubrir.
Mis tíos tenían opiniones diferentes.
Hasta hoy nadie sabe realmente qué ocurrió aquella madrugada.
Tal vez nunca lo sabremos.
Lo único cierto es que desde aquel día nadie en la familia volvió a acercarse al pozo antes del amanecer.
No porque viviéramos con miedo.
Sino porque aprendimos a respetar las costumbres de quienes habían vivido muchos años antes que nosotros.
Mi abuela solía decir que los viejos no inventaban esas reglas por capricho.
Que muchas nacían de experiencias que preferían no volver a repetir.
Y aunque nunca encontramos una explicación para lo que le pasó a mi abuelo, esa enseñanza sigue viva.
Porque hay cosas que uno puede intentar entender con la cabeza.
Pero también hay momentos en los que basta con aceptar que no todo necesita una explicación para merecer nuestro respeto.
Desde entonces, cada vez que paso junto a un pozo antiguo al amanecer, recuerdo a mi abuelo.
Y sin importar dónde esté, siempre espero a que salga el sol antes de acercarme.
Quizá sea solo una vieja costumbre.
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O quizá, como decía mi abuela...
Hay lugares que también necesitan su tiempo para despertar.