FUI CON UNA SEÑORA QUE DECÍAN QUE CURABA CON LAS MANOS… Y SALÍ DE SU CASA SIN EL DOLOR QUE LLEVABA SEMANAS SOPORTANDO.

FUI CON UNA SEÑORA QUE DECÍAN QUE CURABA CON LAS MANOS… Y SALÍ DE SU CASA SIN EL DOLOR QUE LLEVABA SEMANAS SOPORTANDO.
Siempre fui de los que pensaban que esas historias solo existían porque a la gente le gustaba creer.
Mi mamá, en cambio, decía algo que escuché desde niño.
—Hay enfermedades que los doctores curan muy bien.
Pero hay otras donde Dios pone un don especial en ciertas personas.
Yo siempre sonreía.
Nunca discutía con ella.
Pero tampoco le creía.
Hasta que me pasó algo que todavía hoy no logro explicar.
Todo empezó con un dolor en la espalda.
Al principio era una molestia pequeña.
Pensé que se debía al trabajo.
Paso muchas horas cargando cajas y manejando.
Creí que con descansar un par de días desaparecería.
Pero ocurrió lo contrario.
Cada mañana despertaba peor.
Llegó un momento en que agacharme para ponerme los zapatos era un esfuerzo enorme.
Dormía mal.
No podía cargar peso.
Y cualquier movimiento brusco me hacía apretar los dientes del dolor.
Fui al médico.
Me revisó.
Me recetó antiinflamatorios y relajantes musculares.
Durante unas horas parecía mejorar.
Pero apenas pasaba el efecto de las pastillas, el dolor regresaba exactamente igual.
Después probé pomadas.
Compresas calientes.
Ejercicios.
Nada funcionaba.
Mi mamá me observaba sufrir todos los días.
Una tarde me dijo:
—Quiero que me acompañes con una señora.
Yo ya sabía de quién hablaba.
En el pueblo había una mujer muy conocida.
La gente decía que curaba con las manos.
Nunca anunciaba milagros.
Nunca prometía sanar enfermedades graves.
Simplemente ayudaba a quien llegaba buscando alivio.
No tenía consultorio.
No usaba aparatos.
Y lo más curioso era que nunca cobraba una cantidad fija.
Algunos le dejaban un sobre con dinero.
Otros llevaban pan recién hecho.
Fruta.
Huevos de rancho.
O cualquier detalle como agradecimiento.
Al principio me negué.
—Mamá, yo necesito un doctor, no una curandera.
Ella solo respondió con calma.
—Ya fuiste con el doctor.
No pierdes nada con intentarlo.
Acepté más por no seguir discutiendo que por otra cosa.
Llegamos una mañana.
Su casa era muy sencilla.
Tenía piso de cemento.
Un corredor lleno de macetas.
Y el olor a café recién hecho se sentía desde la entrada.
Había varias personas esperando su turno.
Nadie hablaba fuerte.
Todos conversaban casi en susurros.
Algunos llevaban flores.
Otros pequeñas bolsas con fruta.
Mientras esperaba observaba a quienes salían.
No veía gente llorando.
Ni gritando que había ocurrido un milagro.
Simplemente salían tranquilos.
Cuando por fin dijeron mi nombre entré al cuarto donde atendía.
Era una habitación pequeña.
Muy limpia.
Con una mesa de madera.
Un par de sillas.
Y una imagen religiosa sobre la pared.
La señora tendría unos setenta años.
Me recibió con una sonrisa muy tranquila.
No me preguntó qué religión tenía.
Ni cuánto dinero llevaba.
Solo me pidió que me sentara.
Yo esperaba que me revisara la espalda.
Que me hiciera un masaje.
O que acomodara algún hueso.
Pero no hizo nada de eso.
Ni siquiera me pidió que me quitara la camisa.
Solo dijo:
—Siéntate derecho.
Cierra los ojos.
Respira despacio.
Obedecí.
Escuché que caminó detrás de mí.
Sentí sus manos acercarse a mi espalda.
Pero nunca llegó a tocarme.
Al principio pensé que no estaba haciendo absolutamente nada.
Entonces ocurrió algo extraño.
Comencé a sentir un calor muy intenso justo donde tenía el dolor.
No era un calor normal.
Era como si alguien hubiera colocado una bolsa de agua caliente pegada a mi espalda.
Ese calor empezó a desplazarse lentamente.
Subió hacia el hombro.
Después al cuello.
Y finalmente recorrió todo el lado izquierdo de mi cuerpo.
Nunca sentí dolor.
Solo una sensación muy intensa de calor.
Mientras tanto, la señora apenas hablaba.
De vez en cuando pronunciaba una oración en voz tan baja que apenas lograba escuchar algunas palabras.
No entendía lo que decía.
Pero transmitía mucha tranquilidad.
Después de unos minutos dejó de rezar.
El calor comenzó a desaparecer poco a poco.
Entonces dijo:
—Ya puedes levantarte.
Pero hazlo despacio.
Abrí los ojos.
Me levanté con cuidado.
Esperando sentir el mismo dolor de siempre.
No ocurrió.
Moví un hombro.
Después el otro.
Me incliné hacia adelante.
Volví a enderezarme.
Me agaché casi hasta tocar el piso.
El dolor prácticamente había desaparecido.
No podía creerlo.
Llevaba semanas sin poder hacer esos movimientos.
La señora simplemente sonrió.
—Ve con calma.
Y sigue cuidando tu espalda.
No dijo que estaba curado.
No habló de milagros.
Ni me pidió que dejara las medicinas.
Solo me recomendó descansar unos días y no cargar cosas pesadas.
Mi mamá dejó discretamente un sobre sobre la mesa.
Nos despedimos.
Y regresamos a casa.
Durante el camino no dejaba de mover los hombros.
De doblarme.
De probar movimientos que antes me hacían sufrir.
Mi mamá sonreía.
—¿Cómo te sientes?
Respondí casi sin querer darle importancia.
—Seguramente fue coincidencia.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tal vez.
Lo curioso fue que aquella mejoría no desapareció.
Con las medicinas siempre ocurría lo mismo.
Pasaban unas horas.
Y el dolor regresaba.
Esta vez no.
Pasó un día.
Después una semana.
Luego un mes.
Y la molestia nunca volvió.
Hasta hoy sigo sin saber qué ocurrió realmente.
Nunca regresé con aquella señora.
No porque hubiera quedado decepcionado.
Al contrario.
Simplemente pensé que no debía convertir aquello en una solución para todo.
Sigo creyendo en los médicos.
Cada vez que tengo un problema de salud, voy al hospital.
Porque entiendo que cada cosa tiene su lugar.
Pero también aprendí algo ese día.
No todo lo que uno no entiende significa que sea mentira.
A veces simplemente hay experiencias que no sabemos explicar.
Con los años he contado esta historia muchas veces.
Siempre aparece alguien que dice que seguramente fue un efecto psicológico.
Otros aseguran que fue pura casualidad.
Hay quienes hablan de energía.
Otros de fe.
Y algunos dicen que personas así reciben un don especial de Dios para ayudar a los demás.
La verdad...
No sé cuál explicación sea la correcta.
Lo único que puedo asegurar es lo que yo viví.
Entré a esa casa con un dolor que llevaba semanas acompañándome.
Salí sintiendo un calor extraño en toda la espalda.
Y nunca volvió aquella molestia.
A veces recuerdo la tranquilidad con la que trabajaba aquella señora.
Nunca presumía tener poderes.
Nunca buscaba hacerse famosa.
Solo recibía a la gente con humildad.
Rezaba.
Ponía las manos cerca del cuerpo.
Y seguía con su vida.
Quizá el mayor aprendizaje que me dejó aquella experiencia no fue que alguien pudiera curar con las manos.
Sino entender que el mundo es mucho más grande de lo que alcanzamos a comprender.
Y que hay personas que ayudan en silencio, sin cobrar fortunas, sin anunciar milagros y sin esperar reconocimiento.
Desde entonces, cuando alguien me cuenta una historia parecida, ya no me río como antes.
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Simplemente escucho.
Porque aprendí que hay cosas que uno solo entiende cuando le toca vivirlas en carne propia.