LA SANTA ME SACÓ DEL VICIO… Y HASTA EL DÍA DE HOY NO HE FALTADO A LA PROMESA QUE LE HICE.

LA SANTA ME SACÓ DEL VICIO… Y HASTA EL DÍA DE HOY NO HE FALTADO A LA PROMESA QUE LE HICE.
Si hace quince años alguien me hubiera dicho que terminaría con un altar de la Santa en la sala de mi casa, me habría reído.
No porque me burlara de quienes le tienen fe.
Simplemente porque en ese tiempo yo apenas podía creer en mí mismo.
Me llamo Ernesto.
Tengo cincuenta y tres años.
Y durante mucho tiempo fui esclavo del alcohol.
No era de esos que tomaban solo los fines de semana.
Yo encontraba cualquier pretexto.
Si había trabajo, tomaba para celebrar.
Si no había trabajo, tomaba para olvidar.
Si estaba feliz, abría una botella.
Y si estaba triste, abría dos.
Al principio todos decían que solo era una mala racha.
Después comenzaron las discusiones.
Perdí un buen empleo porque llegaba tarde, faltaba o simplemente aparecía oliendo a alcohol.
Mi esposa, Verónica, fue la primera en darse cuenta de que aquello ya no era un mal hábito.
Era una enfermedad.
Durante años intentó ayudarme.
Me escondía el dinero.
Me quitaba las llaves del coche cuando llegaba borracho.
Me rogaba que buscara ayuda.
Yo siempre prometía cambiar.
Duraba una semana.
A veces un mes.
Pero siempre volvía a caer.
Lo peor era ver la cara de mis hijos cuando llegaba tomado.
Al principio corrían a abrazarme.
Después empezaron a esconderse en su cuarto.
Y un día dejaron de esperarme despiertos.
Verónica ya no podía más.
Más de una vez agarró a los niños y se fue a casa de su mamá.
Regresaba porque todavía tenía esperanza.
Pero cada regreso era más corto que el anterior.
Hasta que una mañana, mientras trabajaba haciendo reparaciones en una obra, un compañero llamado Rubén me preguntó:
—¿Hasta cuándo piensas seguir destruyendo tu vida?
Le respondí con el orgullo de siempre.
—Yo dejo de tomar cuando quiera.
Él solo sonrió.
—Todos los que están perdidos dicen lo mismo.
No discutimos.
Al terminar la jornada me invitó a su casa.
Pensé que quería tomar unas cervezas.
Pero cuando entré vi algo que no esperaba.
En una esquina de la sala había un altar de la Santa.
Había flores frescas.
Veladoras encendidas.
Un vaso con agua.
Y un profundo silencio.
Me sentí incómodo.
Le dije casi de inmediato:
—No, compadre... yo mejor ni me meto en esas cosas.
Rubén soltó una pequeña risa.
—Nadie te está diciendo que le pidas dinero.
Ni que le pidas hacerte rico.
Solo pídele fuerza para salir del hoyo donde tú mismo te metiste.
Aquella frase me acompañó durante varios días.
Porque era verdad.
Nadie me había obligado a beber.
Yo solo había cavado el agujero donde estaba enterrando mi matrimonio.
Una semana después regresé.
Rubén me recibió como si hubiera sabido que volvería.
Sacó una veladora blanca.
Me la entregó con cuidado.
—Si vas a hacer una promesa, cúmplela.
No juegues con tu palabra.
Enciende una veladora durante nueve noches seguidas.
Y cada noche habla con la Santa como hablarías con una persona que te escucha de verdad.
No inventes historias.
No prometas cosas que no puedas cumplir.
Solo habla con honestidad.
Esa noche llegué a casa.
Esperé a que todos se durmieran.
Encendí la primera veladora.
No sabía rezar.
No conocía oraciones.
Así que simplemente hablé.
Le dije quién era.
Le confesé todo lo que había destruido.
Le conté cuánto miedo tenía de perder definitivamente a mi familia.
Y le hice una sola promesa.
Si lograba dejar el alcohol...
Todos los años, el mismo día, le llevaría flores como muestra de agradecimiento.
Nada más.
No le pedí dinero.
No le pedí trabajo.
No le pedí suerte.
Solo fuerza.
Los primeros días fueron un infierno.
Me despertaba empapado de sudor.
Las manos me temblaban.
Me dolía la cabeza.
Soñaba que estaba bebiendo.
En varias ocasiones caminé hasta la tienda decidido a comprar una botella.
Pero cuando llegaba a la puerta, algo dentro de mí me hacía regresar.
No sé explicarlo.
Simplemente volvía a casa.
Mi esposa pensó que estaba enfermo.
Me veía caminar de un lado a otro sin poder dormir.
Me encontraba sentado en silencio frente a la veladora.
No entendía qué estaba pasando.
Cuando terminaron las nueve noches me di cuenta de algo.
Llevaba más de una semana sin probar una sola gota de alcohol.
No recordaba la última vez que había pasado tanto tiempo sobrio.
Seguí un día más.
Después otro.
Luego una semana.
Después un mes.
Los días comenzaron a convertirse en meses.
Y los meses en años.
No fue fácil.
Todavía había reuniones donde todos bebían.
Todavía había momentos difíciles.
Todavía existían tentaciones.
Pero cada vez que sentía ganas de volver a tomar, recordaba la promesa que había hecho aquella primera noche frente a la veladora.
Poco a poco mi vida empezó a cambiar.
Conseguí otro trabajo.
Volví a llegar puntual.
Recuperé la confianza de mi jefe.
Mi esposa dejó de revisar mis bolsillos buscando botellas escondidas.
Mis hijos volvieron a sentarse conmigo para cenar.
La primera vez que mi hijo menor me pidió ayuda con una tarea de la escuela, me di cuenta de cuánto tiempo había perdido.
Una tarde, varios meses después, Verónica me abrazó sin decir una sola palabra.
Llevábamos años sin abrazarnos de esa manera.
Entonces entendí que no solo había dejado el alcohol.
También estaba recuperando a mi familia.
Desde aquel día no he dejado de cumplir mi promesa.
Cada año llevo flores.
Siempre el mismo día.
Siempre con el mismo agradecimiento.
Muchas personas me preguntan si realmente fue la Santa quien me ayudó.
Y siempre respondo lo mismo.
No lo sé.
Tal vez fue mi fuerza de voluntad.
Tal vez fue la fe.
Tal vez fueron las dos cosas trabajando juntas.
Lo único que sé es que antes de aquella promesa había intentado dejar el alcohol decenas de veces y siempre fracasaba.
Después de aquellas nueve noches, algo cambió dentro de mí.
Nunca he tratado de convencer a nadie.
Respeto profundamente a quien piensa diferente.
Cada persona vive su fe a su manera.
Yo solo puedo hablar de lo que viví.
Y de lo que vi con mis propios ojos.
Hoy llevo más de quince años sin beber una sola gota de alcohol.
Mi esposa sigue a mi lado.
Mis hijos ya son adultos.
Tengo nietos que nunca me han visto borracho.
Y eso, para mí, vale más que cualquier otra cosa.
A veces me siento frente al altar, dejo las flores que prometí hace tantos años y me quedo unos minutos en silencio.
No para pedir más.
No para exigir milagros.
Solo para dar gracias.
Porque hubo un tiempo en el que pensé que iba a perderlo todo.
Y hoy, cuando veo a mi familia reunida alrededor de la mesa, entiendo que el milagro más grande no fue dejar de beber.
Fue haber recuperado la oportunidad de volver a ser el esposo y el padre que siempre debí haber sido.
Por eso nunca olvido aquella promesa.
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Porque algunas personas cuentan los años desde que nació un hijo o desde el día de su boda.
Yo cuento mi vida desde la noche en que, por primera vez, tuve el valor de aceptar que necesitaba ayuda para volver a empezar.