ME PASÓ POR ANDAR BARRIENDO DE NOCHE… DESDE ESE DÍA NUNCA VOLVÍ A AGARRAR LA ESCOBA DESPUÉS DE QUE SE METE EL SOL.

ME PASÓ POR ANDAR BARRIENDO DE NOCHE… DESDE ESE DÍA NUNCA VOLVÍ A AGARRAR LA ESCOBA DESPUÉS DE QUE SE METE EL SOL.
Nunca fui una persona supersticiosa.
Crecí escuchando a mi abuela decir que no era bueno barrer de noche porque uno sacaba la suerte de la casa junto con la basura.
Yo siempre me reía.
Pensaba que eran costumbres de antes, de esas que la gente repetía sin saber por qué.
Hasta que me pasó algo que todavía hoy no puedo explicar.
Hace casi diez años mi esposo y yo compramos la casa donde vivimos actualmente.
La habíamos conseguido a muy buen precio porque llevaba mucho tiempo abandonada.
Desde afuera no se veía tan mal.
Pero cuando entramos por primera vez entendimos por qué nadie la quería.
Había tierra acumulada hasta dentro de los cuartos.
Las ventanas estaban cubiertas por una capa gruesa de polvo.
Las telarañas colgaban de los techos.
En el patio había tantas hojas secas que parecía que nadie había puesto un pie ahí en años.
Mi esposo, Ricardo, siempre ha sido muy optimista.
Miró todo aquello y dijo sonriendo:
—Con una buena limpiada queda como nueva.
Así que un sábado muy temprano nos pusimos manos a la obra.
Él comenzó a levantar unas láminas viejas que estaban tiradas en el patio trasero.
Yo me dediqué a limpiar el interior.
Barría un cuarto.
Luego otro.
Sacaba cubetas enteras de tierra.
Lavaba pisos.
Movía muebles viejos que los antiguos dueños habían dejado abandonados.
El trabajo era mucho más pesado de lo que imaginábamos.
Cuando nos dimos cuenta, el sol ya estaba escondiéndose.
Las lámparas de la calle acababan de encender.
Ricardo me dijo:
—Déjalo por hoy. Mañana seguimos.
Pero yo soy de esas personas que no pueden dejar un trabajo a medias.
Miré el último cuarto, lleno todavía de polvo, y respondí:
—Solo termino esto y ya.
Agarré la escoba otra vez.
Fue entonces cuando escuché una voz desde la calle.
—¡Mija!
Levanté la vista.
Era la señora Elena, la vecina que vivía justo enfrente.
Una mujer mayor que llevaba toda la vida en ese barrio.
Estaba apoyada sobre la reja de su casa.
Me hizo una seña con la mano.
—Ya no barra a estas horas.
Confieso que me dio risa.
Pensé que estaba bromeando.
—¿Y por qué no? —le pregunté.
Ella respondió muy seria.
—Porque ya se metió el sol.
Me encogí de hombros.
—Si no termino hoy, mañana voy a encontrar la casa igual de sucia.
La señora solo movió lentamente la cabeza.
No insistió.
Entró otra vez a su casa.
Y yo seguí barriendo como si nada.
Terminé el último cuarto.
Junté toda la basura.
La metí en bolsas negras.
Y las saqué a la banqueta para que el camión se las llevara al día siguiente.
Cuando por fin terminamos estábamos agotados.
Nos bañamos.
Cenamos algo rápido.
Y nos acostamos.
Aquella noche casi no dormí.
Al principio pensé que eran nervios por dormir por primera vez en una casa nueva.
Pero después comenzaron los ruidos.
Escuché pasos.
Muy despacio.
Como si alguien caminara por el pasillo arrastrando los pies.
Pensé que era Ricardo.
Me giré hacia su lado de la cama.
Estaba profundamente dormido.
Incluso roncaba.
Intenté convencerme de que todo era producto del cansancio.
Cerré los ojos otra vez.
Entonces escuché algo diferente.
Parecía que alguien arrastraba un objeto pesado por el patio.
Un sonido lento.
Constante.
Como madera raspando el piso.
Me levanté.
Miré por la ventana.
No había nadie.
A la mañana siguiente encontramos la puerta de la cocina completamente abierta.
Ricardo estaba seguro de haberla cerrado con llave.
Incluso regresó varias veces para comprobar la cerradura.
Funcionaba perfectamente.
Pensamos que alguno de los dos simplemente la había olvidado abierta.
No le dimos importancia.
Pero las cosas siguieron pasando.
Al segundo día apareció una silla en medio de la sala.
Los dos jurábamos haberla dejado junto a la mesa.
Al tercero, la escoba que siempre dejaba detrás de la puerta apareció recargada en la pared del patio.
Al cuarto, amaneció abierta la puerta trasera.
Y nadie recordaba haber salido por ahí.
Poco a poco empezamos a discutir.
—Tú dejaste abierta la puerta.
—No, fuiste tú.
—¿Quién movió las sillas?
—Yo no.
—Entonces deja de jugar conmigo.
Los dos estábamos convencidos de que era el otro.
Hasta que una mañana la señora Elena volvió a encontrarme cuando salía a tender la ropa.
Me observó unos segundos.
Después preguntó:
—¿Sigue igual la casa?
Me sorprendió.
—¿Cómo sabe?
Ella suspiró.
—Porque te dije que no barrieras cuando ya había caído la noche.
Entonces me contó algo que jamás había escuchado.
Dijo que los viejos del barrio siempre enseñaban que no era bueno barrer después de que se metía el sol.
No porque aparecieran fantasmas.
Ni porque fuera brujería.
Sino porque, según la tradición, uno podía sacar junto con la basura la tranquilidad de la casa.
Yo la miraba con escepticismo.
Ella sonrió.
—No tienes que creerme.
Haz una cosa.
Barre otra vez mañana.
Pero hazlo al mediodía.
Antes de empezar, pon un puñito de sal en la entrada.
Después prende una veladora blanca en la cocina.
Y reza un Padre Nuestro.
No es para espantar nada.
Es solo una manera de pedir permiso para vivir aquí.
Le agradecí el consejo.
La verdad, seguía sin creer demasiado.
Pero después de casi una semana durmiendo mal, cualquier idea parecía buena.
Al día siguiente esperé hasta el mediodía.
Compré una veladora blanca.
Tomé un puñado de sal.
Lo dejé junto a la puerta principal.
Encendí la veladora en la cocina.
Recé el Padre Nuestro como me había dicho la señora Elena.
Y después barrí toda la casa otra vez.
Con calma.
Cuarto por cuarto.
Junté toda la tierra.
La saqué.
Y dejé que la veladora se consumiera completamente.
Aquella noche pasó algo curioso.
No escuché absolutamente nada.
Ni pasos.
Ni puertas.
Ni ruidos en el patio.
Dormimos de un tirón hasta la mañana siguiente.
Al despertar, todas las puertas seguían cerradas.
Las sillas estaban en su lugar.
La escoba seguía donde la había dejado.
Ricardo se rió mientras desayunábamos.
—Capaz la vecina sí tenía razón.
Yo también me reí.
—O capaz fue pura coincidencia.
Y tal vez sí lo fue.
Nunca podré demostrar una cosa ni la otra.
Han pasado casi diez años desde entonces.
Jamás volvieron aquellos ruidos.
Nunca más apareció una puerta abierta sin explicación.
Ni una silla fuera de lugar.
Hoy sigo sin saber si realmente tuvo algo que ver haber barrido de noche.
Quizá solo fueron casualidades.
Quizá el estrés de mudarnos.
Quizá una corriente de aire.
O quizá las viejas costumbres existen porque alguien, mucho antes que nosotros, también vivió algo parecido.
Lo único que sé es que desde ese día cambié un pequeño hábito.
Si estoy limpiando y el sol ya se escondió, dejo la escoba recargada contra la pared.
Apago las luces.
Y continúo al día siguiente.
No porque viva con miedo.
Sino porque entendí algo que antes no comprendía.
Nuestros abuelos no siempre tenían explicaciones para todo.
Pero muchas de sus costumbres nacieron de generaciones enteras observando la vida.
Y aunque uno no crea en todas ellas, tampoco cuesta nada respetarlas.
Porque hay tradiciones que quizá nunca sabremos si son ciertas.
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Pero después de vivir ciertas experiencias...
Uno deja de sentir ganas de ponerlas a prueba.