MI ABUELO NUNCA DEJÓ QUE NADIE SILBARA DENTRO DE LA CASA… Y DESPUÉS DE LO QUE VIVIMOS, YO TAMPOCO LO PERMITO.

MI ABUELO NUNCA DEJÓ QUE NADIE SILBARA DENTRO DE LA CASA… Y DESPUÉS DE LO QUE VIVIMOS, YO TAMPOCO LO PERMITO.
Mi abuelo era albañil.
De esos hombres que habían pasado toda la vida trabajando bajo el sol, levantando paredes con sus propias manos.
Tenía un carácter fuerte.
Muy fuerte.
No hablaba de más.
Y cuando daba una orden, todos sabíamos que era mejor obedecer.
Pero había una regla que siempre nos pareció extraña.
No permitía que nadie silbara dentro de la casa.
No importaba si era un nieto, un tío, una visita o algún vecino.
En cuanto escuchaba un silbido, levantaba la voz.
—Aquí adentro no anden silbando.
Nunca explicaba el motivo.
Si alguien preguntaba por qué, simplemente respondía:
—Porque no.
Y asunto terminado.
Nosotros pensábamos que era una de esas costumbres antiguas que los mayores seguían sin saber realmente de dónde venían.
Mi abuela tampoco daba muchas explicaciones.
Solo sonreía y decía:
—Háganle caso a su abuelo.
Un domingo llegaron unos primos de León a pasar el fin de semana.
Uno de ellos tendría unos diez años.
Acababa de aprender una melodía y no dejaba de silbarla.
Lo hacía mientras caminaba.
Mientras comía.
Mientras jugaba con nosotros.
Mi abuelo lo corrigió una vez.
—Mijo, aquí adentro no silbes.
El niño dejó de hacerlo unos minutos.
Pero después volvió a empezar.
Mi abuelo repitió la advertencia.
La tercera vez ya se notaba molesto.
Mi primo solo se reía.
Pensaba que era una exageración.
Mi abuela incluso intervino.
—Déjalo, viejo.
Es un niño.
Mi abuelo no respondió.
Solo negó lentamente con la cabeza.
Aquella noche todos nos fuimos a dormir como siempre.
La casa quedó completamente en silencio.
Ya debía pasar de la medianoche cuando nos despertó un ruido.
Tocaban la puerta de la calle.
No eran golpes fuertes.
Eran tres golpes suaves.
Toc...
Toc...
Toc...
Mi tío, que todavía estaba despierto viendo televisión, se levantó pensando que algún vecino necesitaba ayuda.
Abrió la puerta.
No había absolutamente nadie.
Miró hacia ambos lados de la calle.
Todo estaba vacío.
Volvió a cerrar.
Apenas había dado unos pasos cuando los tres golpes volvieron a escucharse.
Toc...
Toc...
Toc...
Esta vez salió más rápido.
Otra vez no encontró a nadie.
Pensó que algún muchacho estaba haciendo bromas.
Revisó la banqueta.
La calle.
Incluso se asomó hacia la esquina.
Nada.
Los golpes se repitieron varias veces durante casi una hora.
Siempre iguales.
Siempre tres.
Siempre cuando alguien ya había vuelto a entrar.
Al final todos terminamos despiertos.
Pero nadie encontró explicación.
Con el amanecer dejaron de escucharse.
Pensamos que todo había terminado.
Nos equivocamos.
Desde muy temprano los perros comenzaron a comportarse de manera extraña.
No ladraban hacia la calle.
Miraban fijamente el solar baldío que estaba detrás de la casa.
Gruñían.
Movían las orejas.
Y se negaban a acercarse.
Mi abuelo salió al patio.
Observó a los animales unos segundos.
Después dijo muy despacio:
—Ya ven por qué no me gusta que silben dentro de la casa.
Nadie respondió.
Mi abuela simplemente bajó la mirada.
Parecía que ella entendía algo que nosotros ignorábamos.
Aquella misma mañana salió caminando hacia otra colonia.
Regresó casi dos horas después.
Traía un ramo de pirul.
Otro de ruda.
Un poco de romero fresco.
Y una pequeña bolsa con copal.
Nos pidió que antes de que oscureciera cerráramos todas las ventanas.
También apagó la televisión.
Bajó el volumen del radio.
Quería la casa completamente en silencio.
Cuando cayó la tarde puso unos pedazos de carbón encendidos dentro de un anafre.
Colocó encima el copal.
Poco a poco empezó a salir un humo blanco con un aroma muy intenso.
Mi abuela comenzó a recorrer cada cuarto.
Mientras caminaba iba rezando en voz baja.
No recuerdo exactamente todas las oraciones.
Solo sé que nunca dejó de rezar.
Mi abuelo caminaba unos pasos detrás de ella.
Llevaba una cubeta pequeña con agua bendita.
Cada vez que mi abuela terminaba de rezar en un cuarto, él mojaba los dedos y hacía una cruz sobre el marco de la puerta.
Así recorrieron toda la casa.
La sala.
La cocina.
Los dormitorios.
El patio.
Hasta llegar nuevamente a la entrada principal.
Cuando terminaron, mi abuela tomó el ramo de hierbas.
Pero no lo dejó dentro.
Lo amarró con un mecate y lo colgó detrás de la puerta que daba al patio.
Después nos pidió que esa noche nadie saliera si no era necesario.
Dormimos con cierta inquietud.
Sin embargo, aquella madrugada ocurrió algo distinto.
No se escuchó un solo golpe.
No hubo ruidos.
Los perros permanecieron tranquilos.
Y todos descansamos por primera vez desde que había empezado aquello.
A la mañana siguiente pensamos que todo había terminado.
Pero mi abuelo todavía quiso comprobar una cosa.
Llamó a mi primo.
—Ven para acá.
El muchacho se acercó con algo de miedo.
—Sal al patio.
Y silba otra vez.
Mi primo abrió mucho los ojos.
—No quiero.
—Hazlo.
Solo una vez.
Con mucha inseguridad salió al patio.
Miró hacia todos lados.
Y soltó un silbido corto.
No pasaron ni diez segundos.
Desde el terreno baldío, bastante lejos de la casa, respondió otro silbido.
Largo.
Muy claro.
Pero completamente distinto al de mi primo.
Todos nos quedamos inmóviles.
Mi abuelo reaccionó primero.
Cerró de golpe la puerta del patio.
Corrió el cerrojo.
Y dijo con una firmeza que jamás olvidaré:
—Con eso basta.
Nadie volvió a mencionar el tema durante ese día.
Más tarde le pregunté quién había contestado.
Mi abuelo solo respondió:
—Hay cosas que es mejor no andar llamando.
Intenté insistir.
—¿Era una persona?
Él negó con la cabeza.
—No todo lo que responde tiene que ser alguien.
Nunca volvió a dar más explicaciones.
Los años pasaron.
Jamás volvimos a escuchar aquellos golpes.
Los perros dejaron de comportarse de manera extraña.
Y la casa recuperó su tranquilidad.
Pero la regla quedó para siempre.
Dentro de la casa nadie silbaba.
Ni siquiera los visitantes.
Con el tiempo crecimos.
Cada uno hizo su propia vida.
Mi abuelo falleció hace varios años.
Sin embargo, esa costumbre nunca desapareció.
Ahora soy yo quien tiene hijos.
Y un día descubrí que el más pequeño iba silbando mientras caminaba por la sala.
Sin pensarlo siquiera, le dije exactamente las mismas palabras que escuché toda mi infancia.
—Aquí adentro no se silba.
Mi hijo me preguntó:
—¿Por qué, papá?
Me quedé unos segundos en silencio.
Podría haberle contado toda la historia.
Podría haber intentado convencerlo.
Pero hice lo mismo que hacía mi abuelo.
Sonreí y le respondí:
—Afuera puedes silbar todo lo que quieras.
Pero aquí adentro... mejor no.
Él dejó de hacerlo.
Quizá algún día me vuelva a preguntar.
Y tal vez entonces le cuente la historia completa.
No porque quiera que viva con miedo.
Sino porque hay costumbres que sobreviven durante generaciones por una razón.
Tal vez todo lo que pasó aquella noche tenga una explicación perfectamente lógica.
Tal vez alguien estaba jugando una broma.
Tal vez el silbido del terreno vino de algún vecino.
Nunca pudimos comprobarlo.
Pero tampoco pudimos explicar muchas otras cosas.
Lo único que sé es que mi abuelo jamás rompió esa regla.
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Y después de haber vivido aquello...
Yo tampoco he tenido ganas de ponerla a prueba.